Memoria Olfativa: El aroma de la libertad y el eco del 17 de octubre

Image Source: Pedro Gutiérrez Mares

Te invito a detenerte un momento, cerrar los ojos y viajar conmigo al pasado. Imagina la penumbra de la Nueva España y acompáñame a observar de cerca cómo la mente más brillante de su época la ilumina por completo. Visualiza a Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, el "Fénix de América". Una niña que a los tres años ya sabía leer; un genio de la astronomía y las letras. Al conmemorar el 17 de octubre —el día en que las mujeres mexicanas obtuvieron el derecho al voto—, quiero que vivas la historia de una de las primeras defensoras del derecho al saber.

Imagina su frustración y, al mismo tiempo, su inquebrantable determinación. Ante la imposibilidad de asistir a la universidad por el simple hecho de ser mujer, acompáñala en su decisión de tomar los hábitos en el Convento de San Jerónimo. No entra ahí por devoción ciega, sino buscando el único refugio que le permitirá la libertad de estudiar. Camina a su lado en sus primeros pasos de la mañana. Respira profundo. ¿Sientes esa serenidad de los patios conventuales? Su curiosidad irradia un matiz herbal que evoca el verdor fresco del té verde. Y si prestas atención, percibirás la chispa de su mente, una energía vibrante y efervescente que salta en el aire como notas de pimienta negra y pimienta rosa.

Ahora, síguela hasta su verdadero santuario: la biblioteca. Siente cómo la atmósfera cambia de inmediato al cruzar el umbral. Entre los fríos y gruesos muros, el aire cobra una textura atalcada y polvosa. Es la inconfundible y melancólica elegancia del iris, sostenida por la firmeza imponente de la madera de cedro. Es el olor de cientos de libros y papel antiguo que ella devora con urgencia; un aroma que encarna la estructura, el peso y la severidad del claustro que la rodea.

Deja que caiga la noche en nuestra historia. Siente el peso de los siglos a través de los acordes oscuros y terrenales que inundan el pasillo. Huele el cuero gastado, el fundamento espiritual del incienso y la profundidad de la madera que emana de los viejos muebles de la sacristía. Asómate al misterio de su celda, que exhala un ligero aroma a hoja de tabaco seca. Pero nota esto: en medio de toda esa rigidez y sombra, el fuego de su pasión por el conocimiento arde de manera inquebrantable, envolviendo el ambiente con el alma cálida, dulce y reconfortante de la vainilla mexicana.

Abre los ojos y vuelve al presente. A través de sus letras y de esa esencia inolvidable, Sor Juana no solo fue la luz de aquel claustro, sino el resplandor que iluminó a todo México. Nos demostró que el intelecto femenino jamás podría ser silenciado. Hoy, te invito a recordar ese mismo fuego. Porque la chispa que nació entre libros, tinta, incienso y vainilla no se extinguió con el paso de los siglos. Siguió ardiendo en cada mujer que se atrevió a aprender, a cuestionar y a alzar la voz.

Y fue esa misma llama la que, un 17 de octubre, se convirtió en voto, en libertad y en el derecho irrenunciable de decidir nuestro propio destino.